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No son muchos lo momentos que vienen a mi mente cuando intento revivirlos, necesitan ser realmente especiales, deben dejar una huella muy profunda para decir que algo me ha marcado. En cuanto a mi gusto por el cine, existe un antes y un después, un momento en que mi apreciación fue victima de una revolución emocional, a tal grado, que jamás he vuelto a ser el mismo.

Llegué por curiosidad, por hambre de más, por ese deseo incontrolable de saborear nuevos frutos. Siento que no fue cuestión de la casualidad, tenía tiempo buscando algo verdaderamente revelador, algo que me tocara en lo más profundo.

Estaba ahí, en el aparador, buscando alguna portada que me pareciera interesante, o tal vez un título poderoso; pero por alguna extraña razón, nada de eso apareció, fue ese nombre, que inconscientemente había leído tiempo atrás, el que se apoderó de mi mirada en un principio, seguida de toda mi atención. Examiné la cjsa con detenimiento y delicadeza, sentía que estaba frente a algo distinto de todo lo que había presenciado con anterioridad.

No fue la portada, ni siquiera el título, mucho menos la sinopsis… aunque ahora que lo pienso e intento recordar con claridad, tal vez fue el nombre del autor lo que me tomó con fuerza, y cómo sino tuviera conciencia propia, fui apresado por sus garras. Sin dudarlo, la llevé.

Fue así, más o menos, cómo entable contacto con la película que automáticamente recurre al recuerdo más especial en mi vida cómo cinéfilo. Y no, no la considero cómo mi favorita, ni siquiera aparece en mi “top ten”, tampoco es la mejor del autor; no tiene algo para decir que es lo mejor de lo mejor, pero fue más que suficiente para convertirme.

En su momento, fue cómo la copa de vino más deliciosa que haya probado en toda mi vida, cómo un momento de contacto espiritual en un retiro aislado del todo.

Akira Kurosawa’s Dreams, es, cómo el nombre lo indica, la manera en cómo el Maestro Kurosawa logró exponer sus sueños; sueños llenos de preocupación por el ambiente, cuestiones familiares, recuerdos, vivencias y más, muchos más. Cada historia basada en verdaderos sueños, con la intención de causar la reflexión en el espectador.

Ocho relatos componen la película, incluso en ocasiones dan la sensación de ser cada uno un corto metraje, presentándolos individualmente bien podrían pasar por uno. Pero la realidad que es no hay mejor forma de disfrutarlo más que verlos uno tras otro, sin dar un solo salto, por minúsculo que sea. Cada sueño, es resultado de décadas de trabajo en el cine; con ambientes muy orgánicos, los diálogos son más que los suficientes, haciéndonos recordar que en la vida real, es más lo que pensamos que lo que hablamos, y sobre todo cuando estamos solos. Se toma su tiempo, para que cada uno de nosotros piense, disfrute, reflexione cada momento importante; un concepto muy alejado de el pobre cine de Hollywood.

La narrativa es exquisita, y ni que decir de los paisajes usados, potenciados con un trabajo de fotografía que casi cualquier cineasta por muy bueno que sea envidiaría, hasta el mismo sonido del ambiente causa un poderoso efecto en uno.

Si mi mente no me falla, en el trabajo de producción, participaron posiblemente tres de sus más grandes seguidores y algo así cómo alumnos, Coppola, Scorsese y Spielberg (que al parecer no le aprendió ni “j”, por que de los tres me parece el peorcito), incluso, Coppola actuó en uno de los relatos, por cierto uno de los más bellos visualmente hablando.

Aunque mi intención no es la de revelar algún spoiler, tengo la necesidad, y casi me siento con el deber de decirlo, cuando lleguen al octavo relato, abran su corazón y su conciencia.

Quien tenga la oportunidad de ver éste enorme filme, sólo recomiendo que no lo piense y que antes de intentar darle play, afine lo sentidos, tome un poco de aire, y sólo se concentre en dedicarle un rato a algo que podría ser el punto del cambio en sus vidas.

fernando v.

Se preparaba para empezar otro día, mientras admiraba la oscuridad por sus párpados cerrados y pensaba en unos momentos más de reposo. A un lado, la máquina, esperando segundo a segundo con la misma paciencia de siempre, para soltar por segunda vez su canto estridente, inmóvil, pero concentrada y con una frialdad pasmosa que difícilmente se podría decir “de ella brota un aullido horroroso”.

Antes de que la máquina de horror empezara con su concierto, decidió levantarse, se sentó a un lado de la cama y estiró un poco su brazo, tomó un vaso e intentó beber; para su sorpresa no había agua y es que no recordaba que la noche anterior la había bebido toda por la intranquilidad de pasar una mala noche.

Molesto, se levantó completamente y se dirigió a la cocina, no si antes dar a los músculos un poco de estiramiento. Después de beber el agua se asomó por la ventana quitando un poco la cortina para no ser deslumbrado, aún estaba oscuro en la casa, aunque ya casi daban las 12 de día.

Minutos después, deambulando un poco por las habitaciones sin reaccionar todavía, el señor de manecillas se hacía notar; cómo pudo, y con una molestia mayor se dirigió a su recámara para apagar el escándalo.

Para ese entonces se daba cuenta de un dolor en su pecho y cabeza.

Sábado, y pensaba en llegar un poco tarde al trabajo, la noche anterior la había pasado en festejo. Preparó la regadera, y se duchó en un tiempo digno de una marca olímpica, tomo ropa sin pensarlo mucho y se vistió.

Todavía no terminaba de abrocharse la camisa y ya estaba en la cocina buscando algo fuerte para levantarse ese ánimo que arrastraba. Con una cerveza con improvisados huevos con jamón y mucho chile verde, al comer bien pudo haber batido otra marca olímpica.

Se puso los zapatos mientras limpiaba sus dientes, enjuague y carrera hacia la puerta, bajando las escaleras desde ese cuarto piso, al último escalón, con una pisada débil, se vio seguido de un clavado para retrato, azotando y derrapando en el concreto, tirando todas sus cosas y con la ropa algo manchada, sin pensarlo mucho con algo que no se sabía si eran murmullos o gruñidos, corrió a la calle para tomar un taxi, para al final darse cuenta que estaba en su día libre.

fernando v.

Enfermo llegué,
por la mañana, con la luz
de la luna chillante.
Cuando yo la vi
parecía sangrante.

La tierra infértil volaba,
vacía era mañana,
ni luces ni madrugada.
Cuando yo la vi,
parecía insana.

Los ojos doblaban,
donde no circulaban,
en la vida.
Cuando yo la vi,
parecía ahuyentada.

Café era el hoy,
y marrón mañana,
la suela de la llegada.
Cuando yo la vi,
parecía paseante.

fernando v.

Ayer soñé que brincaba de lo alto de las nubes, soltándome a la amplitud del resto antes de la tierra. En la caída me brotaban alas, enormes alas de negra piedra que empezaban su vaivén suspendiéndome así entre el techo y el suelo. Con mis manos, reunía a las nubes hasta juntar un enorme cuerpo blanco sobre un seco llano amarillo. Soplé, con tal intensidad, que cómo un desfile empezaban a circular, ordenadas y constantes sin rumbo de brújula aparente se acercaban hacia la franja azul del fondo, pero ya no supe si llegaron hasta ahí.

También soñé, que me volvía pequeño, de una minúscula dimensión sólo comparable con el tamaño de la fe del hombre, y me encontraba con una piedra enorme, pero tan enorme, cómo un zapato. Desde abajo yo veía una enorme montaña inalcanzable, y los extremos recorrían hasta donde se alcanzaban a ver ambos horizontes. Los miles de pequeños, iguales a mí, brincaban y escalaban; pero todos se caían, al ver a los gigantes acercarse y dar un paso. Entre tanto incidente, observé un pequeño pasaje por debajo de la roca, y caminé.

Pero hoy, qué soñaré hoy?

fernando v.

Y era ya pasada la media noche, despertando abruptamente me encontraba de esa rara pesadilla otoñal. La oscura percepción visual del ambiente provocada por la falta de un elemento lumínico en el entorno, me creaba un cierto temor a algo que no sabía qué era. Sentía frio, más bien, escalosfrios; la ventana estaba abierta y se notaba al trozo de tela que pendía de ella moviendose suave y continuamente debido al aire circulante de esa rara noche… yo sudaba mucho y la corrienete me tactaba. La sábana por lo suelos, al igual que eso que llaman cobertor. Y mi cuerpo desprotegido ante la intolerante temperatura invernal. Y el verano? Ahora entiendo el por qué de mi sudor tan abundante. Mi mirada sólo encuentra siluetas, y mi imaginación. Imagina lo que esas siluetas pueden ser, creando desde abominables y monstruosas imágenes reflejos de mis temores, hasta las más vanales recreaciones como la vieja silla de mi abuela que se encuntra en una de las esquinas precisamente colocada ahí, pero no tan al centro de allí… ni tan alfondo, pero ni tan al frente; de ese color a viejo que caracteriza al los muebles de la épocas de mi abuelo… de cuando cortejaba a la madre de mi padre… que dueña de la silla era. Y primavera parece, todo es de colores y vitalidad, la atmosfera pareciera agradable… muy fresca diría yo, nada más que algo exagerado. Y las siluetas desaparecierón, y mi imaginación confundida, se percata de lo errada que estaba. Y me doy cuenta que mi escurridiza mano se había abalanzado sobre la lampara de la cómoda… cómoda que apenas unos días atrás había adquirido mi esposa, que estaba postrada a mi lado derecho… sorprendida y confundida por que se encontraba destapada… y por la molesta luz que la lampara sobre la nueva cómoda que mi escurridiza mano había encendido y me había mostrado la realidad de mi espacio…

fernando v.

Más de uno ha escuchado hablar del cuento, donde uno recita y el otro canta, las canciones y poemas de mañanas tristes y tardes locas; con esas repeticiones diarias que ejecutan por las noches, una a una, cómo si un ritual al dios de lo oscuro ofrecieran, cómo si cada palabra y cada nota fueran dadas en sacrificio por saciar el hambre de su penumbroso dios.

Un solo de la guitarra, una voz apagada y un par de ramas gruesas, efectuaban un sonido perfecto para irrumpir en el silencio de ese profundo bosque de húmedos aires, cortando tan fina y abruptamente la calma de los quietos árboles y arbustos que habitaban en ese pedazo de colina.

Un poco más abajo, a la orilla de ese penoso riachuelo que más seguía vivo por la humedad del entorno que por la misma fluidez de líquido de la montaña; habitaba una sombra de livianas formas incomprensibles, y no encontraba otra cosa que hacer más que reflejarse en lugares donde la luz fuera más tenue; pues pensaba diariamente cuán gratificante sería bajarle el brillo al señor Sol. Todos los días dirigía un grito al cielo, rogando a Don Sol que le permitiera un espacio para recordar la forma de su figura, pero el Don, no hacía otra cosa más que reírse y seguir irradiando con poder sus rayos de luz.

fernando v.