Un viejo cuenta cuentos, ya cansado de la vida, pero con un rostro de satisfacción por haberla vivido bien, contaba otro de sus tantos cuentos. Narrando a fragmentos, tomándose un tiempo.

De caminantes, caballos, aves herreros y pobres. Un cuento cómo siempre tan entretenido, igual que el resto; los niños los miraban con asombros, percibiendo cada emoción de los personajes contados. Se les veía reír, se les veía llorar, se les veía gritar del susto, has de frio y sudor, igual que ellos.

A un lado una taza de café ya tibio, después del segundo cuento, ni a la mitad llegaba, pues el viejo se concentraba más en recordar, o aumentar los cuentos, que en tomar la taza y beber de ella.

Un perro paso excitado, ansioso y contento; con ganas de jugar, pasando a tumbar la mesita del viejo donde estaba el café. Cortó de un tajo el cuento, y la misma inspiración del cuentista. Haciendo uso de las más agradables bondades del idioma, regañaba al perro, mientras los niños reían sin poder sostener la respiración; el perro, sólo agitaba la cola y la draba de su todavía excitación.

El viejo tomaba su bastón, para levantarse, y dejar notar su presencia sobre los niños sentados en el suelo; se dio vuelta, camino unos pasos en silencio para sólo levantar la mirada y perderla en ese naranja atardecer.

fernando v.